En medio de la pandemia, la peor condición preexistente es ser mujer

Actualizado: mar 31

En la pandemia todas las personas, o al menos la mayoría, la hemos pasado mal. Pero quienes peor la estamos pasando somos las mujeres. La emergencia, además de impactar el presente, plantea serias amenazas en el mediano y largo plazo. Estas amenazas, de orden económico, laboral y de participación democrática, pero también de supervivencia, deben ser abordadas de forma urgente.

En Colombia los feminismos siguen siendo un tema estigmatizado y desconocido en sus luchas políticas, así como en su práctica y en las posiciones filosóficas que tiene como movimiento político, social y cultural. Ese desconocimiento lleva a que no permee los espacios en los que se están tomando las decisiones más importantes de la vida de la mayoría de la ciudadanía. Latinobarómetro da cuenta de que el perfil medio de un demócrata es “más bien de clase media, hombre, de mayor educación, mayor edad y nivel socioeconómico. Es, además, alguien que usa redes sociales, aprueba su gobierno, es dueño de negocio o un ejecutivo promedio, no es agricultor, vota y se ubica en una escala izquierda-derecha”.


Ese perfil del demócrata latinoamericano es el que estamos viendo en los espacios de toma de decisión, y representa la forma en que la política económica, fiscal, social y cultural se ha llevado a cabo en nuestro país. Se trata de la visión construida desde un hombre muy privilegiado, blanco y con educación, que excluye a grupos históricamente oprimidos, y que deja por fuera al 51,1% de la población colombiana que es mujer, y lo que significa ser mujeres en la sociedad colombiana: campesinas, afrodescendientes, indígenas, LGBTI+


Según el DANE, 51,1% de la población colombiana corresponde a mujeres. Esto significa que, por obligación, las políticas públicas que se construyen y la estructura de la función pública deberían contemplar que la mayoría de su población beneficiaria sea mujer. Esto supone entender el ejercicio político, la función pública y la formulación de políticas públicas como un ejercicio que debe realizarse contemplando las múltiples violencias que afectan a las mujeres de forma diferenciada, y que se relaciona con roles y estereotipos de género impuestos culturalmente, así como con la división sexo-género de las sociedades, y una cultura patriarcal y machista en el quehacer político y de la función pública que deja por fuera a las mujeres y que las ha puesto en un lugar de inferioridad con respecto a los hombres.


Por otro lado, no existe un sujeto político homogéneo "mujer", y esa visión que contempla la mayoría de las veces a las mujeres como un sujeto que reside en las ciudades principales desconoce que en Colombia el 24,2% de la población es rural, y que de esta el 48,1% son mujeres, es decir, 5.7 millones de personas, según cifras del DANE. Las opresiones que sufrimos como mujeres responden a cuestiones de identidad sexual, orientación sexual, procedencia geográfica, etnia, ubicación geográfica, entre otras, y esa interseccionalidad de las violencias que sufrimos ha sido desconocida en la formulación de políticas públicas.


La pandemia puso en evidencia, no solo en América Latina, sino en el mundo en general, que las políticas públicas y la forma en que está construida la estructura política de la mayoría de los países ha excluido a las mujeres y a los grupos históricamente oprimidos. Igualmente, ha mostrado que el cuidado es el pilar de la vida, un pilar sostenido por las mujeres; sin embargo, existen pocas iniciativas a nivel regional que reconozcan la importancia del cuidado y su aporte a las sociedades, que en el caso de Colombia es de casi el 20% al PIB.



Una generación perdida


Lo que sucede hoy en Colombia y países subdesarrollados y en vía de desarrollo tiene unos impactos que se verán no solo en el corto y mediano plazo, ¡tendremos una generación perdida!. La nutrición de los niños entre 0 y 5 años es fundamental para su desarrollo y en muchos lugares del mundo hay familias que solo están teniendo una comida al día. Esta generación que está pasando hambre es una generación que tendrá afectaciones en su desarrollo cognitivo y será imposible como sociedades recuperar y resarcir los efectos que tendrá la situación actual. La generación que hoy está teniendo una mala alimentación y permanece rezagada en la periferia se enfrenta, igualmente, a una situación de desescolarización que incrementa una brecha que no solo es económica sino también de género y social.


La brecha de desigualdad se seguirá incrementando, y esta brecha será mucho mayor entre las generaciones que hoy no tienen acceso a una vida digna. Cabe preguntarse sobre el impacto que tendrá esta pandemia en el mediano y en el largo plazo en cuanto a los espacios laborales que podrá ocupar esta generación, la feminización de la pobreza, y sus consecuencias en el PIB de los países. Cuando las familias deben decidir cuáles de sus hijos irán al colegio, usualmente son los hijos hombres los que acceden a la educación, mientras que las mujeres son asignadas a labores de cuidado en el hogar –un trabajo que no es reconocido como trabajo–.


Silvia Federici ha hecho un análisis histórico sobre la división sexual del trabajo. La pandemia ha puesto en evidencia cómo el trabajo de cuidado no remunerado (TCNR) sigue estando centrado en las mujeres. La cantidad de tiempo que las mujeres dedican al TCNR ha pasado de 7 a 9 horas, mientras que para los hombres el incremento ha sido mínimo. Esto tiene que ver con los roles y estereotipos de género que se les han asignado a las mujeres.


Esto va en la dirección de lo que plantearía Nancy Fraser, una de las académicas feministas más destacadas de nuestro tiempo. Ella sostiene que en la sociedad se requieren ‘tres R’: reconocimiento, redistribución y reducción. No obstante, agregar la R de representación es necesario. Abordemos las dos primeras: el reconocimiento se refiere a todas las medidas que buscan disminuir la injusticia cultural e histórica que ha puesto a las mujeres en lugares de opresión; acciones afirmativas como los trazadores de género y el enfoque de género que se incluye en las políticas públicas son ejemplos de esto.


Sin embargo, las medidas de reconocimiento se quedan cortas si no hay medidas de redistribución económica, que ha sido una falla por parte del Gobierno nacional, así como de los gobiernos locales, al momento, por ejemplo, de asignar las ayudas y transferencias monetarias que se les están realizando a los hogares. Además, la brecha digital y falta de alfabetización digital que existe entre hombres y mujeres, dificulta que las mujeres tengan el conocimiento sobre cómo manejar las aplicaciones para abrir cuentas y recibir esas transferencias. Si a esto sumamos que Colombia no tiene una población altamente bancarizada, las mujeres siguen estando altamente expuestas.


Sumado a las brechas digitales, a la falta de alfabetización digital, y la falta de medidas redistributivas y de reconocimiento, también es importante tener en cuenta las medidas que se debieron haber tomado desde el inicio de la pandemia en materia de atención en materia de cuidado: mientras que los hombres siguen trabajando, las mujeres han quedado con el trabajo de cuidado en sus manos. Basta con ver los debates del Congreso o los concejos locales, en donde buena parte de las mujeres cargan o cuidan a sus hijos, algo que no ocurre con frecuencia en el caso de los hombres.


Cuando se incrementaron las medidas de confinamiento era necesario entender que esa estructura social que venía desde el Estado, y que se traducía en hogares comunitarios, comedores, jardines y cuidadoras vecinas, se destruyó completamente. Esto incrementó el sentimiento de incertidumbre, la ansiedad y la necesidad de tener que encargarse del hogar sin tener recursos económicos.


Hasta el momento, el Gobierno nacional no ha tomado medidas que incluyan un enfoque de género real, entendiendo que la situación de presión de las mujeres es histórica, marcada por elementos como la clase social y la ubicación geográfica. Y si a esto se agrega que las mujeres sean lesbianas o trans, ellas quedan expuestas a violencias basadas en género, las cuales se han incrementado al interior de las familias.



La importancia de la renta básica


La discusión en torno a la viabilidad de crear en Colombia una renta básica nos remite a la tercera de las ‘R’ de las que habla Nancy Fraser: la representación.


Si el Congreso de la República tuviera un enfoque de género, habría entendido la importancia de ayudar a 7,3 millones de colombianos pobres –muchos de los cuales tienen como cabeza a una mujer–. El incremento de la pobreza, la falta de ingresos para las mujeres, tiene un efecto no solo en las jóvenes y adultas, sino también en las niñas que están encargándose de las labores de cuidado en sus hogares.


Se trata de un efecto devastador a largo plazo, pues estas niñas se van a alejar de la vida académica y no van a tener acceso al mismo nivel de educación que los hombres. Y, aun teniendo acceso, las niñas van a quedar en la base de la pirámide de opresión y de la falta de oportunidades para poder insertarse en un mercado laboral o académico en igualdad de condiciones.


Son entendibles las consideraciones sobre el costo fiscal, que por supuesto iba a ser alto, pero la economía funciona en la medida en que exista dinero en la calle. Las mujeres están expuestas a un mercado informal y han sido las más afectadas por la pandemia porque están empleadas en los sectores que han resultado más golpeados por la emergencia, como servicios, turismo, restaurantes y cuidado.


El trabajo doméstico es otro de los temas que no se ha abordado con la importancia con que debería abordarse. En Colombia hay más de 169 mil mujeres dedicadas a estas labores, y que en los meses más rígidos de confinamiento se quedaron sin ingreso. Tampoco se tienen datos acerca de cuántas empleadas domésticas que trabajan ‘internas’ no pueden ir a sus casas por el miedo de sus empleadores al contagio.



La pandemia por venir


La salud mental tiene muchos impactos en la vida económica de las mujeres. Las afectaciones en la salud mental llevan a que sean menos productivas y no puedan responder con la misma capacidad horaria.


Es innegable que en los próximos años el país vivirá otra pandemia, esta vez por cuenta de las enfermedades mentales. Este es un escenario que dejará a las mujeres muy expuestas.


El estudio PSY-COVID, llevado a cabo por investigadores de la Universidad Autónoma de Barcelona, con colaboración del Colegio Colombiano de Psicología, encontró que en Bogotá el 35% de las personas consultadas ha sufrido síntomas de depresión durante la pandemia; el 29 por ciento ha presentado síntomas de ansiedad; y el 55 por ciento de las personas disminuyeron la actividad física que tenían antes del inicio de la emergencia.


Seguramente esto será peor para las mujeres, pues debimos regresar a un espacio del que históricamente hemos luchado por salir, el espacio privado. Habíamos luchado por tener derechos políticos, por ocupar el espacio público, por hacer movilizaciones sociales en la calle, y lo que hizo la pandemia fue devolvernos a un lugar que ha demostrado ser el menos seguro. Las casas no son seguras para las mujeres.



Empleo y migración


Todos los retos son urgentes. Sin embargo, pocos dibujan un panorama tan dramático como el del empleo. La pandemia profundizó la brecha entre hombres y mujeres en materia de empleo.


Las cifras del DANE sobre el tema son dicientes: cuando comenzó la pandemia el desempleo de las mujeres estaba en el 13 por ciento, mientras que el de hombres se ubicaba en 8%.


Al cierre de 2020, la tasa de desempleo en mujeres llegó al 20.4%, en comparación con la de los hombres, que cerró en 12,7%.


Es un hecho, además, que la agenda de migración va a afectar especialmente la vida de las mujeres. Lo hará a todo nivel, pero tendrá especial incidencia en materia de empleo. Las mujeres quedarán expuestas a la informalidad, a caer en redes de trata de personas, a estigmatización y ruptura de tejido social por cuenta de un mercado laboral cada vez más competido.



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La pandemia que estamos viviendo, para la cual ni Colombia ni América Latina estaban preparadas, ha demostrado nuevamente las desigualdades estructurales históricas que vienen desde hace siglos.


Diferentes momentos históricos han logrado cambiar el rumbo del panorama para las mujeres. Silvia Federici ha analizado, por ejemplo, cómo la peste negra tuvo un efecto positivo en el salario de los trabajadores, lo cual impulsó procesos de movilización social en Europa. A la postre esto incidiría en la construcción de movimientos sociales colectivos que tuvieron su efecto varios siglos después.


Lo que estamos viviendo implica retos enormes respecto a las medidas que van a tomar los gobiernos pospandemia. El ejemplo del Gobierno de Argentina es interesante, pues se priorizaron las transferencias para mujeres. Adicionalmente, se aprobó el primer presupuesto feminista que existe en América Latina a nivel nacional y avanza el trabajo de la Dirección de Economía Igualdad y Género, que viene haciendo un trabajo extraordinario en cabeza de Mercedes D’Alessandro. El país también obliga a que funcionarios y funcionarias públicas se informen en temas de género.


Mientras Colombia y América Latina no transiten hacia ese tipo de medidas, vamos a ver una recuperación económica dentro de los estándares tradicionales, como ya la vieron las mujeres después de la crisis económica de 2008.


Cuando hay políticas de austeridad, por ejemplo, se recorta el gasto social. Eso implica recortar las estructuras que acompañan a las mujeres en su inserción en el mercado laboral y la vida pública. Esto, en la práctica, implicaría que no hubiese suficiente dinero para hogares comunitarios, o para cubrir servicios en salud y educación.


El escenario actual plantea un panorama desesperanzador en el presente y el futuro. Aunque soy pesimista por naturaleza y prefiero dejar que el desarrollo de los hechos me sorprenda, los retos que plantea la emergencia no deberían dejarse al azar, mucho menos cuando estamos hablando del bienestar y el futuro de más de la mitad de la población colombiana.




*Juliana Hernández De la Torre es profesional en Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales, y especialista en Gerencia y Gestión Cultural. Actualmente es directora y cofundadora de Artemisas. Es cofundadora del Extituto de Política Abierta, y se desempeña como co-coordinadora de la Red de Innovación Política de América Latina, de la campaña Paridad Ya Colombia, y de la Red Nacional de Incidencia Política ‘Nosotras Ahora’.


** Las opiniones expresadas comprometen a su autor/a y no comprometen la posición del Observatorio Fiscal de la Pontificia Universidad Javeriana.


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